Ecopetrol: Refinando al personal

26 Diciembre, 2018
Retrato de Fabio Castillo en plumilla del maestro Héctor Osuna. Retrato de Fabio Castillo en plumilla del maestro Héctor Osuna.

Por FABIO CASTILLO*

Sólo a un judío NO se le podía ocurrir la idea de confinar a “sus trabajadores” en un campo de concentración para “mejorarles el comportamiento”. Pero a Isaac Yanovich -presidente de la estatal petrolera Ecopetrol-, le pareció buena idea que 43 activistas, dirigentes sindicales y otros empleados menores pero incómodos fueran confinados en dos cuartos de 5 por 4 metros cuadrados, sentados durante 180 días frente a la pared, en cubículos de 50 centímetros y vigilados por cámaras de video, para que “cambiaran su actitud” y recuperaran la “confianza de la organización”.

El cuerpo menudo y grácil de Lucy no demuestra más de 25 años, pero cuando empieza a hablar, dueña del profesionalismo y la seguridad propios de una estudiante de psicología del último semestre, exhibe tal dominio de la audiencia, que provoca silencio inmediato. Recita casi el texto de las hojas que contienen el esquema del que será su trabajo de grado, una racionalización científica de la experiencia que vivió con otros 42 compañeros de la refinería de Ecopetrol en Barrancabermeja, confinados durante seis meses en patios separados, para que mejoraran su comportamiento hacia la empresa.

La templanza le dura hasta cuando pronuncia la siempre evadida expresión “campo de concentración” para describir su sitio de reclusión laboral. Se le arquea el pecho y estalla en un llanto incontrolable. Un compañero, morral en mano y que miraba con aire de admiración la férrea claridad de su colega, empieza a frotarse las manos sudorosas, otros apenas agachan, apesadumbrados, la mirada hacia el suelo, o miran los desvencijados anaqueles del techo por donde se filtra el agua mohosa de Barranca y un tímido aire acondicionado que hace apenas soportables los 38 grados a la sombra con que la naturaleza dotó al puerto petrolero interno más importante de Colombia.

Lucho, que hasta entonces había desperdigado migajas aisladas de su propia experiencia, levanta la mano para decir que eso, eso es lo que sentimos todos, pero que no se atreven a relatar, y cuenta que cuando estuvo hospitalizado luego de 30 días de confinamiento, les anunció a los médicos que iniciaría allí mismo una huelga de hambre para que no lo dejaran regresar al patio 1, donde debió presentarse luego de 25 años de trabajo continuo en los talleres donde reparan los carros de Ecopetrol.

Pero aclara que sus compañeros lo disuadieron, porque no era infligiéndose más castigo como iba a denunciar lo que estaban viviendo todos ellos. Entonces, recuerda Lucho, cuando, con su aceptación, una enfermera le arrancó el esparadrapo con que había sellado su boca para renunciar a la comida, le tomó la mano, y se me escurrieron las lágrimas, duras de impotencia, a mí que tengo 50 años... todavía me duele, como le dolió a la enfermera, que no pudo evitar salir corriendo del cuarto, para no hacer sentir peor a su paciente.

Manuel, meticuloso, modoso, bien peinado y de gafas, saca de su maleta una de las 13 libretas en las que llevó el diario de su encierro –la versión barranqueña de Ana Frank, dice, sin sonreír, cosa que por lo demás nunca hace-, y recita con profesionalismo de biógrafo de la infamia: eso fue el 23 de septiembre de 2003, a las cuatro de la tarde. Acá está anotado, fue tres semanas después del intento de suicidio de Carlos Hernández.

La maldad sí existe, y la llevamos todos dentro, sólo se necesita una operación de choque para hacerla explotar, dice Óscar, que hasta entonces había hecho una descripción casi mítica de lo que había sido su experiencia en uno de los “patios de resocialización”, el otro eufemismo aplicado a su experiencia. No éramos entonces más que mecanismos de defensa ambulante, caparazones de acero para enfrentar la mirada réproba de los compañeros y los vecinos. Eso duró seis meses, terminó el 22 de diciembre de 2003, pero todos lo sentimos aún como un fardo, liviano pero enorme, que cargamos a la espalda, y que todavía no sabemos cómo pudo ocurrir.

Entre el 16 y el 17 de junio de 2003 un gerente seccional de la Refinería de Barranca envió una nota en taxi a la casa de los 43 trabajadores seleccionados para participar en un programa de resocialización, de mejoramiento del comportamiento, y otras expresiones similares, para que durante el año siguiente recibieran un adiestramiento a fin de recuperar la “confianza de la organización”.

Coincidieron en pensar que se trataba de alguna forma de talleres continuados para mostrar objetivos, pero la realidad fue bien distinta. A la mañana siguiente los periódicos y la radio regionales los mostraban como díscolos y de comportamiento antisocial, que ingresaban a un programa de “lavado de cerebro”, como tituló entonces el diario Vanguardia Liberal.

Las miradas de señalamiento empezaron en la propia casa, luego en el vecindario y por último en el trabajo. ¿“Resocializables” como los programas de reinserción de paramilitares? Algo habrán hecho, decía todo el mundo en voz baja. Al principio miraban con desdén, luego el complejo de culpa se les fue adhiriendo a la piel como el crudo que procesaban todos los días, y la rutina jamás volvió, y añoraban la repetición incesante de los hechos, y que les servía para afirmar su sentido de pertenencia.

Llevamos cuatro horas sentados en un pequeño salón acomodado para intentar albergar a, como se denominan ellos mismos, “los habitantes del programa”. La reunión es sencilla, pero es obvio que el tema no les fascina. Fueron casi dos semanas de conversaciones por celular, citas telefónicas, preguntas y repreguntas sobre cómo se había conseguido su identificación y su número de localización. Superada la etapa de la confianza sólo aceptaron un arreglo: entrevistas en grupo, explícitas, en Barranca.

A última hora algunos tuvieron problemas, otros sencillamente creyeron innecesario el ejercicio de repetir el proceso ante un periodista, y un par de ellos tienen problemas de seguridad, que les impide regresar al puerto. Muy pocos aceptaron se les fotografiara.

΅΅΅

Es Barranca en guerra. El aeropuerto civil de Yariguíes es una auténtica base militar. Unos quince helicópteros artillados son escoltados por una tropa de la policía armada con unas enormes ametralladoras que usan balas de película. En el avión hay unos gringos que eluden hablar con los aborígenes, y al llegar al terminal aéreo son recibidos por otros sujetos similares, de cachucha de béisbol, gafas oscuras y goma de mascar.

Hallar hotel es una odisea. Los de tres estrellas están copados por patrullas completas de policías antinarcóticos, que descienden de enormes camiones con todo su armamento, piden la llave de la habitación como cualquier huésped, y suben a descansar con sus granadas, metralletas, fusiles, cananas y enormes pistolones de mexicanos poscoloniales.

Una mirada de sorpresa con el fotógrafo hace innecesarias las palabras: tendríamos que estar locos para alquilar allí una habitación, sabiendo que pared de por medio tomarán licor hasta ponerse pedos unos soldados barbilampiños, a quienes se les podría disparar por accidente alguna de sus armas de dotación oficial.

Sólo hay habitación disponible en un enorme hotel de cuatro estrellas, fruto de las bonanzas pasadas, y no hay opción. A descansar en los mullidos jergones del dinero caliente.

΅΅΅

Pero el descanso será en la noche. Ahora está prevista la visita a lo que fueran los dos patios del campo de concentración. Nos montan en un par de vehículos blindados, y nos indican que si nos preguntan algo sólo debemos decir que “somos parte del esquema”. El fotógrafo y yo quedamos flanqueados por hombres armados, ese es el significado, somos parte del “esquema de seguridad” de un supuesto personaje que va en el interior de uno de los tres carros.

Llevan las armas al descubierto para demostrar que son escoltas, pero resultan innecesarias. El personal de seguridad les hace una venia de entrada, y abren la barrera. No tenemos que mentir. La parafernalia cumple su ecuación en la mente del portero: Escoltas + Carros blindados = Personaje que me puede despedir.

Apenas metros más adelante está la isla. El que fuera, durante seis meses, el fortín del experimento ideológico de Ecopetrol en su refinería de Barrancabermeja.

Se trata de una construcción modular de una planta, ahora dividida en tres espacios, destinados a los contratistas independientes. Está rodeada por una verja metálica de casi tres metros de altura, y una enorme puerta, resguardada por un árbol, simbólico para los internados, pues allí colgaban a diario sus protestas en enormes pancartas de papel, y por eso lo llaman el árbol de la dignidad. La llaman “la isla” porque está rodeada por calles de desplazamiento interno, y alejada un centenar de metros de cualquier otra construcción del complejo petrolero.

La expresión “sol canicular” desarrolla acá su papel metafórico. Apenas un par de vueltas a la construcción y es tanto el calor, que sofoca hasta respirar ese irritante aire caliente.

΅΅΅

Le dan lectura a las notas de confinamiento, unas suscritas por el gerente Alonso Galindo Gómez, otras por el “jefe de departamento”, Domingo Escalante, y lo decía escuetamente: “en virtud del poder subordinante que (la empresa) ejerce sobre sus trabajadores” y “teniendo en cuenta que su comportamiento no se ajusta a los deseados por la organización”, “la organización ha decidido darle una oportunidad para mejorar su conducta en el trabajo, conforme los valores y principios (sic) enviándolo por el término de un año al Programa de Mejoramiento de Comportamiento y Competencias”. Y le adjunta, amablemente, el tiquete de taxi para que pueda presentarse el lunes siguiente a las 7 de la mañana.

Cuando llegaron fueron divididos en dos grupos, unos enviados a la isla, otros a un ala junto al restaurante comunal, donde también quedaban aislados. Al principio, recuerdan, ellos mismos se miraban con desconfianza, pensando que los habían confundido, y se preguntaban qué habrían hecho “los demás”.

Algunos se reconocieron como delegados del sindicato, USO, pero otros apenas lo respaldaban, y algunos ni siquiera eran afiliados, pero reclamaban por cualquier maltrato o incumplimiento. Ese era el común denominador: inconformes, críticos, o enjundiosos.

Carlos Ardila es el primero que abandona la carreta jurídica y habla de su experiencia: a la semana ya no sólo se sentía él estigmatizado, sino su esposa, quien a los dos meses lo abandonó, luego de recriminarlo por “lo que hubiera hecho”. Luego fue su familia. Su padre, un militar retirado, no sabía qué daño habría hecho, pero le reñía. Los amigos se le fueron retirando, como si de un contaminado se tratara.

El suicidio llegó a plantearlo como opción, pero lo venció el ansia de vivir, la solidaridad de sus compañeros, que afrontaban la misma experiencia.

Óscar Sánchez era un operador de planta, y al contrario de Carlos, se niega a hablar de su caso, lo hace en abstracto, de la experiencia colectiva, y la misma prodigalidad de palabras que emplea habla de cómo ha racionalizado su caso, para diluir entre vocales y consonantes lo que evidentemente afronta como una historia ajena. Se veía, recuerda, como un bicho raro, pero cuando vio un carro del DAS que pasaba por las noches frente a su casa, recuperó la templanza y así logró vivir los seis meses de confinamiento.

Luís Eduardo Sánchez tiene 50 años y todo el afecto de “los habitantes del programa”. Es un mecánico, que apenas puede con la vida. En enero había tenido un infarto: tres meses de incapacidad y tres de rehabilitación. Apenas regresaba a trabajar cuando lo enviaron a resocializarse. Luego de 25 años de trabajo sin un solo llamado de atención, miraba al sindicato, pero no se les unía. Siempre ha creído que la humillación de enviarlo al campo de concentración –él no teme usar la expresión que los demás rehúyen- se dio por viejo y por enfermo. Se querían deshacer de él, y punto.

Dice que sintió llegar a un programa fantasma, porque ni siquiera les dirigían la palabra. Llegaban en la mañana, se sentaban de cara a la pared, si alguien hablaba, un celador les pegaba un grito, los dejaban caminar un rato, y de vuelta al cubículo, alguien se ponía a leer tirado en el piso hasta que le cogía el sueño, y así todos los días. Me sentía, recuerda Lucho, como lo llaman sus compañeros, montado en un tren sin rumbo, que estaba condenado a abordar todos los días.

En el “cautiverio” tuvo un nuevo preinfarto, y los médicos de Ecopetrol ordenaron sacarlo del programa, luego del intento de huelga de hambre en el hospital Ismael Darío Rincón; lo enviaron a una pequeña oficina donde sólo había una silla, y una puerta por donde podía llegar al baño, su único camino de distracción en todo el día de confinamiento.

Y así se desgranan, palabra más, palabra menos, las historias de Lucy, Manuel, Rodrigo, Moisés, Francisco, José, Avedelman, y el anónimo contador que llevaba los diarios de toda la experiencia en el campo de concentración psicológico de Ecopetrol.

Ya en la complicidad de la intimidad frente a una cerveza helada confiesan lo demás: los matrimonios se rompieron porque el estrés se manifestó en incumplimiento seguido del “débito conyugal”. Algunos se refugiaron en el alcohol, otros en el consumo de drogas, y hasta se vieron confesiones de amor homosexual entre algunos de esos machotes de músculos brotados por el manejo cotidiano de llaves, registros y tubos metálicos.

Hasta donde se pudo conocer, la experiencia de los trabajadores de Barranca es aislada, pero no ajena a la presidencia de Ecopetrol. Cuando los obreros sometidos al programa iniciaron una acción judicial para tutelar su derecho a la dignidad en el trabajo, la presidencia a cargo de Isaac Yanovich dio poder a su abogada para defender la legalidad de la práctica del “campo de concentración” en desarrollo del concepto del “poder subordinante (que la empresa) ejerce sobre sus trabajadores”. Yanovich, por conducto de los abogados que usualmente ejercen su representación, defendió la supuesta legalidad del programa. No sólo se tuvo conocimiento de la medida, sino que se la defendió ante los jueces.

Cooperación activa, cuando menos.

Ecopetrol no se pronunció.

Y como en la Ludovico’s Technique de La Naranja Mecánica del inigualable Anthony Burguess, el experimento dio sus resultados para Ecopetrol: muchos de los trabajadores odian oír hablar siquiera de sindicalismo. La sola mención de un movimiento en masa les produce arcadas, y lo único que ahora quieren es volver a ganarse un salario, sin tener que soportar las miradas inquisidoras de las vendedoras en la plaza de mercado de Barrancabermeja.

Aunque la objeción del cura en la misma novela sigue idéntica: privaron a esos seres humanos del albedrío de optar por el comportamiento de su preferencia.

“Si” dice una de las tres mujeres que fueron obligadas a permanecer en uno de los campos “con esta acción lograron debilitar al sindicato, pero a nosotros, a los obreros, nos dañaron el corazón y los sueños de por vida. Ya nunca más seremos iguales. Ante los demás, ni ante nosotros mismos”

΅΅΅

Ya en el fresco ambiente del avión de regreso a Bogotá, mi colega el fotógrafo, todavía pensativo, no puede reprimir su valoración: jmmmm... algo habrán hecho, no, porque sino ¿quién se va a aguantar seis meses de prisión por un salario?

El estigma es más duro que la contundencia de los hechos.

A mí en cambio me duele que, además, semejante experimento se pagó con mis impuestos.


*Esta crónica fue censurada por el diario El Espectador cuando el autor trabajaba allí como director de investigaciones.

Fabio Castillo, un ícono del periodismo colombiano, es autor de la trilogía “Los jinetes de la cocaína”, “Coca Nostra” y “Los nuevos jinetes de la cocaína”.